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Marruecos, desiertos y oasis

Se hace raro despertarse un lunes laborable en Marruecos. Al levantarte tan temprano siempre tienes un ligero despiste de ubicación, pero cuando miras por la ventana y no ves más que un desierto de piedras y montañas que se van difuminando una detrás de otras hasta que el color de la última se fusiona con el color del cielo, hace que la ducha antes del desayuno sea un momento muy relajante.

Cogimos el coche hacia Er Rachidia, según abandonábamos Meknes paramos en un palmeral que vimos junto a un río, es espectacular ver tanta vegetación en un terreno tan árido. Continuamos el camino y el paisaje parecía que se iba desprendiendo cada vez de más cosas: mobiliario urbano, viviendas, gasolineras solitarias y de repente el asfalto que se convirtió en un camino sin definir bien. A nuestro alrededor sólo un desierto de piedras, bajas montañas y camellos paseando a cámara lenta. Cuando nos imaginamos solos ante aquel paisaje, recibí una alerta por la emisora para que me detuviera inmediatamente… y menos mal, justo por delante de mis narices pasaron varios buggies y un camión 4×4 sumergiéndonos en una gran neblina de polvo.

Al medio día, comimos en una jaima donde nos protegimos del fuerte aire que hacía en el exterior y disfrutamos de la hospitalidad bereber tomando un té y charlando un poco.  Mas tarde vimos unos acantilados de vértigo e hicimos unas bajadas espectaculares desde la montaña hasta llegar a un oasis, ya con arena mas fina y de nuevo la misma sensación que el palmeral, pero esta vez sin civilización alrededor, en medio del desierto un montocito de palmeras ahí puestas. Al salir del oasis tuvimos nuestra primera quedada del coche en la arena, pero nada que no se pudiese solucionar con unas palas y un par de planchas de metal debajo de las ruedas.

A la vuelta nos costó encontrar el hotel ya que el gps fallaba más que una escopeta de feria, pasamos por calles cortadas, oscuras, intransitadas por turistas y pensando que si hubiese sido otro país estaríamos en una situación comprometida. Finalmente decidimos consultar a algún paisanos del pueblo el modo de llegar al hotel y gratamente nos vino a decir algo como: “no os preocupéis, seguidme que yo paso por ahí”, llegando poco después de que anocheciera, de nuevo a un hotel sin conexión a Internet, pero eso ahora era lo de menos.

 

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