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Marruecos, por el Erg Chebbi

Otra  noche que descansamos como enanos, pocas horas pero bien aprovechadas. Una ducha caliente para ir despertando todos los sentidos y un buen desayuno para terminar de poner la maquinaria a punto. Esta vez no recogimos todos los trastos puesto que volveríamos para hacer noche en el mismo hotel.

Montamos en el coche y fuimos a echar gasolina. Mientras tanto aproveché para acercarme a un taller y preguntar si a la vuelta nos podrían coger el coche para hacer un cubrecárter metálico a medida, puesto que el que llevábamos lo rompimos en el bosque de cedros y en las bajadas del día anterior abollamos el cárter de un golpe. Para ese día no nos importaba, puesto que íbamos directos al Erg Chebbi y la arena no suponía una amenaza.

Después de unos tramos de carretera y camino, llegamos a una amplia explanada de arena grisácea y muy plana, prácticamente sin piedras, donde aprovechamos para poner los coches en paralelo e incrementar la velocidad. Cerré los ojos por un instante y fue como pulsar el “eject” del asiento de un avión, cuando llegué al punto más alto donde me había lanzado, miré hacia abajo y vi esa escena tan espectacular: cuatro pequeños coches en medio de la nada perfectamente alineados dejando una tremenda estela a su paso, una pasada. Un frenazo hizo que abriera los ojos, estábamos parados y en el horizonte se podían ver unas doradas montañas de arena, no lo pensamos mucho más y fuimos directos.

Al llegar a los pies de las dunas hicimos una parada, había que contemplar el paisaje. Bajamos la presión de las ruedas a 1kg y nos adentramos deslizándonos por las dunas. Tuvimos algún susto de vuelco y varias quedadas en la arena: de nuevo palas, planchas metálicas y eslingas para tirar de los coches, además nos sorprendió una tormenta de arena que se quedó con nosotros durante todo el día. Poco a poco las pequeñas dunas empezaron a crecer bajo nuestros pies, o quizá nos adentramos demasiado sin darnos cuenta, y sin tener mucha capacidad de reacción, estábamos escalando y descendiendo por unas largas inclinaciones por las que nunca pensé que un coche podría subir o bajar. Un buen chute de adrenalina.

Al final llegamos a un oasis donde hicimos una parada para comer, en medio de una campamento de jaimas, para protegernos de las fuertes rachas de viento, imposible dar un bocado sin masticar algo de arena. Recogimos la basura y volvimos hacia las montañas de dunas para buscar el camino que nos llevara hacia fuera, una rio seco que nos conduciría a la carretera. Una ruta mucho más relajada pero que aun así hizo que perdiéramos otra pieza de plástico de los bajos de coche. Cogimos una carretera y disfrutamos de un espectáculo de música Gnawa. Al terminar nos marchamos al taller.

Al llegar hablamos con los mecánicos y nos cogieron el coche, nosotros esperamos en la puerta jugando con los niños e intentando aprender algo de árabe, mientras tomamos un té. Al rato llegó un ciclomotor con una placa metálica que era el negativo de un arco de herradura. Tomaron medidas sobre el coche y nos construyeron una placa en un momento, bien montadita y con su agujero para el cambio de aceite, todo un trabajo de artesanía.

Llegamos al hotel y nos dimos un baño en la piscina climatizada mientras nos observaba una rana que curioseaba desde las patas de una hamaca. Al rato fuimos a cenar y festejamos el cumpleaños de Maria José con una sorpresilla que la teníamos preparada. Después de un buen homenaje y probablemente el día mas duro, fuimos a descansar.

 

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