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Marruecos, tímido espectador

Nos despertamos muy descansados la mañana del miércoles, el día anterior fue bastante intenso con las dunas, pero a pesar de haber dormido perfectamente, algo no marcha bien. Tenía un intenso dolor de tripa, intenté recordar si me había saltado alguna precaución con las comidas o bebidas pero el dolor no me dejaba pensar. Por suerte el resto de mis compañeros estaban en perfectas condiciones y los más experimentados me suministraron dos fuertes pastillas que cortaron de golpe todos los males que tenía, pero dejaron para todo lo que quedaba de día un nudo en mi estómago y una sensación de debilidad física importante. Decidimos continuar con la ruta que teníamos pensada para el día.

Salimos hacia Dades con unas carreteras rectas que pasaban por encima de un llanura rodeada por picudas montañas allá donde miraras. Nos adentramos en la garganta del Dades  con unos espectaculares acantilados con vertiginosas caídas y la de Todra, con unas espectaculares vistas desde el interior. Cruzamos un río para apartarnos de la estrecha carretera y disfrutar del paisaje y estirar un poco las piernas. El lugar era bastante más turístico y decidimos continuar el camino.

Poco después buscamos  un sitio para comer, no hacía mucho calor pero corría aire, se estaba genial. Tuve que comer algo de arroz para no poner a prueba mi organismo, pero tampoco necesitaba mucho más ya que ese día Jose estuvo conduciendo bastante y casi no hice esfuerzos. Un poco más adelante ya de camino a hotel, vimos unas extrañas montañas que nos llamaron la atención a todos, parecían manos superpuestas a escala inmensa, nos pusimos de acuerdo por las emisoras y paramos enseguida a ver cómo la luz del atardecer hacía mas orgánicas sus curiosas formas.

Llegamos al hotel, sin duda el día mas esperado por el malestar y porque era el mejor de los hoteles a los que íbamos a ir. Recogida de llaves, conversación por skype para hablar con la familia mientras paseaba por la terraza de la habitación, la cual tenía un extraño olorcillo pero nada preocupante, una cena muy light y un disfrutar del “El Clásico” en un abarrotado bar que parecía transportarte a la península por todas las camisetas del Madrid y del Barça.

Por fin la hora de tumbarse y coger fuerza para recuperar energías del todo, pero:
– Jose, ¿que es este bichito negro que hay en mi cama?
– Ni idea tio, mira a ver si tienes más.
– Hostiás tengo un huevo!!
– No fastidies voy a mirar yo también..
– Creo que son chinches.
– Mierda yo también tengo!!

Lo mejor de todo fue que la chica de recepción se intentó hacer la loca diciéndonos que si tantas había como para no dormir… Ya entendimos claramente que aquel olor era insecticida. Maletas de nuevo y a dormir en un Riad cercano muy muy modesto pero bastante higiénico.

 

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